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15
de noviembre de 2004
Palestina
sin Arafat
Arafat
fue la excusa de los radicales israelíes para interrumpir el
diálogo. Ahora, sin ese supuesto obstáculo, entre los
probables sucesores se encuentran en su mayoría políticos
moderados bien vistos por Washington y por Israel, con los cuáles
no habría demasiados problemas para negociar.

"Arafat es el gran obstáculo para
las conversaciones de paz". Ese es el argumento de la
derecha israelí, que nunca tuvo en sus planes hacer
concesiones para que se cree un Estado Palestino, ni mucho
menos terminar con la violencia.
Desde que Ariel Sharon encendió la mecha de la segunda
intifada palestina cuando paseó armado por la explanada de
las mezquitas en Jerusalem, en un claro y hábil doble juego
político: crear las condiciones para la represión militar de
los palestinos y desestabilizar a su rival político, el
laborista Ehud Barak, la violencia no ha cesado. El aumento de
los atentados de los fanáticos terroristas islámicos volvió
más temeroso y conservador al pueblo israelí, que pocos años
antes había apoyado los acuerdos de Oslo para poner fin a
medio siglo de enfrentamientos con sus vecinos árabes.
Al contrario de lo manifestado al principio, Arafat era el
único personaje, en este escenario, capaz de mantener el
equilibrio entre las distintas facciones palestinas: políticos,
guerrilleros y el pueblo sometido. Muchos lo acusaban de
permitir la corrupción, o de ser autoritario, pero más allá
del grado de veracidad, Arafat no aceptó cualquier propuesta
israelí que deshonrara a su pueblo, ni siquiera la más
osada, que fue la de Barak en Camp David en 2000.
Empeoramiento del conflicto
Precisamente, ese fue el comienzo del nuevo conflicto. Las
propuestas de Barak, que incluían la retirada israelí del 97
por ciento de los territorios ocupados, provocó la ira del
fundamentalismo religioso judío, por eso Sharon aprovechó la
ocasión para convertirse en el Primer Ministro. Pero Arafat
rechazó la oferta por no incluir el regreso de los 3 millones
de exiliados palestinos, que fueron forzados a abandonar su
tierra desde la retirada británica en 1948.
Arafat pasó, para el mundo occidental, de ser un Premio
Nobel de la Paz a convertirse un terrorista que no controlaba
a los fanáticos. Este cambio de visión no es casual, porque
en el 2000 la intifada estaba en su auge y los atentados
suicidas crecían en respuesta a las incursiones militares
israelíes y además George W. Bush llegó a la Casa Blanca
teninedo muy clara su política en Medio Oriente, en la cuál
no encajaba el líder palestino.
Un escenario posible
Arafat fue la excusa de los radicales israelíes para
interrumpir el diálogo. Ahora, sin ese supuesto obstáculo,
entre los probables sucesores se encuentran en su mayoría políticos
moderados bien vistos por Washington y por Israel, con los cuáles
no habría demasiados problemas para negociar:
- Abu Mazen: compañero de Arafat en el exilio, pero muy
conciliador. A diferencia de Arafat, sería recibido por el
presidente Bush.
- Ahmed Korei: el actual Primer Ministro. Israel aplaudió
la llegada al gobierno.
- Farouk Kaddoumi: Líder del partido Al Fatah (fundado por
Arafat)
- Muhamed Dahlan: Líder de Al Fatah en Gaza
Cualquiera de estos cuatro personajes podrían convertirse
en presidente de la Autoridad Nacional Palestina y ninguno
representaría problema alguno y la paz con Israel sería
alcanzada. Pero hay varios obstáculos no menores.
El único candidato que tiene una enorme popularidad, pero
se mantiene duro y sigue alentando la revuelta desde una cárcel
israelí es Marwan Barghouti, también del partido Al Fatah.
Consecuencias del escenario Bush
Las elecciones están planificadas para el 9 de enero. El
principal opositor del partido Al Fatah, es el partido Hamas
(que fue creado por la inteligencia israelí en 1987 para
debilitar a Arafat, pero se le volvió en contra). Su línea
política es dura y no reconoce la existencia ni el derecho a
existir del Estado de Israel, y sus brazos armados han
cometido varios atentados suicidas asesinando a decenas de
civiles israelíes.
Hamas amenazó con boicotear las elecciones si además no
se incluyen comicios legislativos. La popularidad de este
partido ha crecido de manera asombrosa en los últimos años.
Está integrado por una generación distinta a la de Al Fatah,
ya que sus miembros, en su mayoría jóvenes, han nacido bajo
la ocupación israelí.
Tanto Hamas como otras organizaciones guerrilleras no
aceptarían un plan de paz de Sharon, que por cierto sería
mucho menos concesivo que el de Barak. Esto podría crear una
guerra civil, la cuál beneficiaría a Israel al tener a la
resistencia debilitada o quizás haría aumentar los ataques
suicidas de los extremistas.
Ventajas y obstáculos de Sharon
El premier israelí cuenta con tres ventajas: la aprobación
del parlamento de su plan unilateral de retirada de Gaza, la
inexistencia de líderes nacionalistas árabes (Hussein, que
fue depuesto y Kadafi, que abandonó el terrorismo) y por último
la reelección de Bush.
Sin embargo, un sector importante de su partdo Likud y los
partidos religiosos quieren ver rodar su cabeza, porque
consideran que la retirada de Gaza demuestra la debilidad
israelí y piensan - con razón - que esto alentaría a Hamas
y a las brigadas de Al Aqsa a cometer más atentados para que
Israel se retire de Cisjordania.
Conclusión
Las primeras balas de una posible guerra civil palestina ya
fueron disparadas ayer domingo a la tarde cuando el candidato
de Al Fatah, Abu Mazen presenció un tiroteo entre distintos
movimientos políticos, que lo consideran muy débil.
Muchos analistas creen que es muy difícil la
realización de elecciones bajo la ocupación militar. Esto
queda demostrado cuando varios miembros del gabinete israelí
prohibieron que los palestinos de Jerusalem oriental acudan a
votar.
Durante gran parte de su vida, Yaser Arafat defendió la
lucha armada, pero en sus últimos años la condenó, apostó
a la paz a pesar de haber perdido poder y desde el año 2000
el eje conservador Washington-Tel Aviv no lo reconocía como
un interlocutor válido y lo mantenía prácticamente preso.
Quizás debió haber aceptado la mejor oferta israelí en la
historia, la de Barak, pero el odio de los refugiados de las
guerras contra Israel desde 1948 y de su propio pueblo hubiese
sido un gran obstáculo para la paz interna de Palestina.
El tiempo va a demostrar que Arafat no era un escollo para
la paz, por el contrario, si Barak no hubiese sufrido la presión
del fundamentalismo judío y Arafat del extremismo islámico,
es probable que hayan podido llegar a un acuerdo.
La próxima llegada al gobierno de Palestina de un posible
líder muy conciliador, con la factible consecuencia de una
guerra civil, no genera la mejor expectativa de paz, salvo que
eso sea lo que busque el extremismo israelí y el
conservadurismo norteamericano, para seguir neutralizando la
posibilidad de la creación de un Estado Palestino
independiente.
Maximiliano Sbarbi Osuna

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